jueves 26 de enero de 2012

A todos los que supieron guardar en el asiento de sus mejores prestancias, la voz que edifica las ideas y el compromiso que la libertad obtiene por encima de ellas, encomiándose desde el paraje más oscuro del alma hasta alcanzar la belleza que la razón entrega al pasado…

domingo 28 de febrero de 2010

Al óleo de la calle. Plaza del Museo.


Cuando el arte convive sin barreras entre nosotros como causa de lo que es, sin la premisa de un encuentro pactado y consciente de adulación, es comprometido destacar su valor y su alcance. Pero en la calle, desfigurada de rincones encendidos de artificio, existe al óleo de la vista el perpetuo silencio de quien conmueve el paso del visitante curioso, del experto adherido al pueblo, cobijado en él, que haciendo gala de sustento recorre en un paseo íntimo entre los creadores y su espacio, momentos de verdadero deleite.
Y es entre aquellos espacios donde velamos con gracia el valor encontrado al azar del tiempo que prestamos a ello.
Pedro Cansino Calderón es prueba de esa complicidad con lo etéreo, porque su obra no destaca en silencio al amparo de aquellas luces complicadas, sólo se muestra como es, sin necesidad de alfombras que atenúen el paso rígido de quien ya acomete su valía premeditada, sin la consagrada aprobación de quien la busca en el marco de la arrogancia.
Su obra se detiene ante el pueblo, se viste con las voces de la calle que aplican la luz del día que toca vivir, y en cada golpe de vista cautiva por su belleza un sinfín de momentos merecedores de atenta mirada.
El trazo que casi no existe, difuminado en todo su esplendor sin perder la nitidez y el brillo, hace de cada sorbo en la contemplación un exquisito y singular placer en la parada, mientras el tiempo se hace detener en el infinito que se avista en primer plano, llenando la emoción de atrás hacia delante, hasta volver a la realidad de las voces que nos recuerdan que aquella obra se comparte entre las gentes, la luz natural y el paso que no distingue de fornituras en lo que acontece ante él.

miércoles 17 de febrero de 2010

Al escribir...


Leer y escribir, son emociones comparables a amar y ser amado. Asomarse al interior del otro, aún desconocido, sin cruzar la demarcación que nos enseña su gratitud por tanta bondad. Y las palabras suenan como besos en la oscuridad, aquellos que se hacen sin el amparo del permisivo encuentro, desgreñando para uno mismo, el entresijo calumniado de no vivir en el recuerdo. Sólo amar y ser amado, cuando usted guste, o cuando el entuerte de la razón ingiera los sentidos paganos y necesitemos creer en la fábula perdida de una mente que absorbe todo cuanto palpa. Entre el amar y el ser amado, sencillamente, sólo cabe una palabra…

Y esa palabra nace de algo que consagra los sentidos como una superación, como un enjambre de torpezas llevadas al azar, rociadas de perpetuo dolor compartido, cuyo coste, revestirá de culpa todo el calor derramado, cuando éste, se deleita en cobrarnos el tiempo que jamás volverá, que jamás será visitado en el placer o en el dolor.
Tan sólo creer en lo que amamos, nos hace desfigurar esa insidiosa interpretación de los sueños, y nos ayudará a cabalgar a la grupa de una vida plena, cargada de contradicciones y esculpidas bajo el mandato de lo superfluo.
Ahora el castigo no es un singular hecho ante mí, ni ante vosotros. El castigo sólo vence a la culpa cuando ésta se regocija sin esperanza de cambio. El castigo muere ante el arrepentimiento, y la culpa no entraña más que un episodio desparramado ante los pies de quienes se detienen a mirar atrás para verla renacer, mientras sostenemos la esperanza de poder paliarla con nuevas emociones, aún por descubrir.

Creer en algo con fuerza, es sencillamente, la máxima expresión del motor humano, capaz de superar incluso, los avatares de nuestra propia debilidad. Es de riguroso empeño, hacer mención honorífica al sacrificio, al camino bañado de soledad, cuando reviste más dolor quedarse que morir, cuando el único exceso es potenciar el ánimo cuando muere el sentido a nuestra mano, sin culminar lo que ha nacido, sin exigir su evidente desamparo una vez haya sucumbido ante nosotros…

Alcanzar el congratulado encuentro con lo que hacemos, no pasa por dispersar lo que no pudimos ser, tan sólo lo viste de espera, de promesa abatida que algún día nos citará para enturbiar nuestro plan de fuga. Reconocer lo que pudimos ser y no fuimos, podrá hacernos ver el principio de la generación fundacional y encontrar, en el apoyo al que nos sigue, un singular ejercicio de reconciliación con nuestra mente, que dispersa ya de falsas tendencias, sepa discernir entre la capacidad y el límite, el sentir mismo de la osadía hecha religión. Volver por el camino trazado no nos llevará al pasado, sólo acercará nuestro ego a un refugio de ideas obsoletas de veracidad. Tan sólo hará resurgir entre las cenizas, que no sólo no fuimos llama entre lienzos, sino que incluso, fueron inacabadas expresiones de fortaleza malgastada.

Es necesario deambular por el sentir mismo de la osadía, sin desprestigiar la experiencia vivida, sin recaer en el malogrado intento de vivir sin saber. Alcanzar esa gracia, deslumbrar a quienes carecen de magia, con la sintonía de un mundo firme y mejor, elevará nuestra áurea a un nivel que nunca podremos abandonar, y que, a pesar del tiempo vivido en soledad, nos hará disfrutar de la más noble certeza de vivir en el conocimiento de uno mismo. Del mismo modo que entregar la pluma nos haría morir, levantarla contra los histriones nos podrá devolver el conjuro de la solemne consecuencia. En esto, podrán aquellos reconocer nuestras mentes cuando ya nuestros cuerpos no puedan soportarla, cuando hayamos sido anfitriones de la verdad, y allá donde nos hallásemos, hubiéramos promulgado su dicha, cual fuere su belleza, siempre que para nosotros, lo haya sido en su máximo esplendor…

"Ternura" de Nuria M B http://nmb.artelista.com/


Desde aquí, quiero hacer mención a aquellas personas que, como Nuria, hacen del arte esa expresión que todos deseamos ubicar en nuetras vidas, como reflejo de la inquietud que en parte nos conmueve desde el interior de uno mismo, hasta canalizar todos los sentimientos en uno sólo...